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lunes, 28 de marzo de 2011

Dolores de la vida.

Muchos dirán que jamás he sufrido grandes dolores, que mi vida ha sido fácil, plana, sin emociones y con un "buen pasar". Pese a que siempre trato de autoconvencerme de aquello, siempre algo pasa que me hace sentir que mi vida, o la de las personas que me rodean no es la más bella del mundo. Todos hemos sufrido dolores, y particularmente, uno de los más grandes fue saber que mi familia no era mi familia, sino que era otra familia que se había acercado a mi madre para cuidarla cuando era pequeña. Y mis abuelos no eran mis abuelos, mis tíos adorados no eran mis tíos, y mis primos tampoco lo eran.

Quizás si eso lo hubiera sabido a los 15, hubiera desembocado en la gran crisis adolescente, pero fue a los 10, y eso me volvió una hija parentalizada y pendiente de mantener el orden en el caos que a veces es mi hogar. Haciéndome cargo de heridas no sanadas, de pendejadas de mi madre, y de sentir que no puedo emigrar hasta que todos estén lo suficientemente sanos. Y yo, aún no me doy cuenta de cuándo estaré sanada.

Creo que lo mismo me hace tener una sensibilidad de la que reniego, no me gusta que me vean llorar por películas, o por comerciales absurdos de la tele. Cuando alguien requiere una "palabra de aliento" me sale más cómodo confrontar que acoger. Y eso se nota cuando en mi trabajo debo precisamente acoger. Puedo ser una buena acompañante en el silencio, pero las palabras no me brotan, simplemente me quedo muda, y no soy capaz de decir nada. Sí me resulta encontrarle un poco de sentido al dolor, al mío y al ajeno.

Pero tanto de eso me transforma a ratos en una inválida emocional, que no puede demostrar afecto en vivo y en directo. Por eso me sale más fácil enviar cariños al mundo, en vez de abrazar.